Patrulla Águila

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Gloria al unísono: Juncti sed, non uncti” Juntos pero no revueltos. (Lema de la patrulla).

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Cuando el filósofo griego Platón quería representar la naturaleza del alma se la imaginaba como un  carro alado.  El mundo eterno sólo está alcance de aquellos capaces de hender el aire, de atravesarlo rápidos, ligeros, volando en formación circular, adaptándose a cada giro sin rigidez. Las almas ingrávidas surcan el mundo celeste en un dorado baile. Gozan de la naturaleza radiante de  las cosas bellas y buenas. El entendimiento, la inteligencia,  guía a los pilotos, los aurigas, para disfrutar y compartir con sus iguales la cima del mundo. Todos juntos, pero no revueltos o atropellados.

La alegoría del vuelo etéreo evoca siempre nuestra aspiración a la cúspide de los que anhelamos la aptitud para navegar elevados con armonía, control y unidad de propósito. La verdad es algo que habita en las alturas y soñamos con alcanzarla.

De ahí el simbolismo totémico del águila que enarbola     la patrulla acrobática del Ejército del Aire. Un ave rapaz que  representa  la fuerza, la visión certera y la luz. Su nombre procede del viento del norte “Bóreas” al que los romanos llamaban “Aquilón”. El águila es una rapaz diurna, amiga del rayo y la tormenta, a la que Dante se refería como “el pájaro de Dios”. Un ave con don de profecía que conduce al ejército  a una victoria anticipada.

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Desde el comienzo, los pilotos de combate nos formamos en esa exigente y sana ambición de lo superior. Los que pertenecemos al aire, un austero pero orgulloso linaje, pulimos nuestras virtudes para  liderar y mantener la unidad filial en la experiencia de ver desde lo alto, antes que el resto y más allá. Esa es la consigna tatuada en nuestro espíritu de pilotos que da forma al modo en que vemos el mundo. No sólo tenemos que ganarnos las alas, tenemos que ser capaces de volar todos juntos sin romper la formación. La unidad, la sincronía y la ejecución perfecta nos protegerá de caer, arrastrar a otros y perdernos en las sombras.

El rincón mediterráneo donde iniciamos nuestra formación de pilotos militares se denomina familiarmente “la cueva”, la Academia General del Aire. Es la metáfora de un lugar oscuro, exigente y angosto del que sólo podremos salir si nos alzamos sobre la tierra. Nuestra meta está siempre más allá de las apariencias, por encima de cualquier nubarrón que nos dificulte la vista. Tenemos como objetivo dominar el cielo y convertirlo en nuestro lugar natural, familiarizarnos con el sol y la luz.

Sólo los mejores están llamados a instruir a otros para que remonten el vuelo, dejando atrás “la cueva”: la caverna platónica, el lugar de la oscuridad y la sumisión. El destino de profesor en  la Academia es para aquellos que han aprendido todo al navegar diestros por la bóveda celeste. Esos que descubrieron con dedicación y tenacidad el modo de romper las ataduras y hacerse libres. Sólo ellos serán los que les muestren el camino  a los demás acerca de lo que ya han visto, del sitio del que regresan y al que pertenecen. Sólo ellos son los llamados a ser “mentores”.

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Tampoco es casualidad que a esos maestros de vuelo de la Academia les denominemos “Protos”, el término griego para designar a los primeros, a los modelos que han adquirido “preeminencia” en el arte de enseñar a ser dueños del aire.

En la estela de los grandes, como exhibición del talento aeronáutico y del vuelo en formación, está forjada “la patrulla águila”. Generaciones de maestros del aire, de “Protos” de la Academia, han contagiado su espíritu a los pilotos de combate moldeados en su arte. El deber de enseñar a otros forma parte de su “ADN”. En él está escrito también dar lección de lidiar con el viento, la furia y el riesgo. La inmediatez de la crisis, su urgencia, la aceleración de los acontecimientos, exigirá cultivar en los alumnos la velocidad y la precisión en las artes del combate.

La coreografía aeronáutica se basa en la exactitud, la minuciosidad, la pericia para volar todos juntos y ejecutar brillantemente una danza en el cielo. Pero como es de suponer eso va mucho más allá del mero disfrute estético. La exhibición del arte recibirá su auténtico sentido de una doble raíz. Por un lado, demostrar los valores del trabajo en equipo, de la exigencia de actuar todos juntos, al unísono, con escrupulosidad milimétrica al domar la rapidez. Por otro,  el espíritu de perfeccionamiento, del trabajo bien hecho, de la tarea llevada a término de un modo que sólo la esforzada y dura práctica puede lograr.

Los miembros de la Patrulla Águila son los exponentes de las cualidades que condensan la formación de los aptos para el desafío.

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El arma aérea tiene su fundamento en un trabajo de escuadra que ejecutamos exprimiendo nuestra inteligencia para alcanzar la cadencia y el ritmo adecuados. Cuando todos llevamos a cabo nuestra labor de forma exacta y sin yerro vemos iluminarse el camino del éxito. Como grupo somos conscientes de que la más mínima distracción puede terminar en tragedia propia y ajena. En el mundo aeronáutico, olvidar la gravedad y la concentración, perderle el respeto a la excelencia, es un despropósito más peligroso que en cualquier otro ámbito. Porque para los pilotos la gravedad y el despiste “matan”. Todos, por tanto, tenemos que ejecutar nuestro cometido concentrados y atentos para mantener esos aviones en el aire de tal forma que se lleve a cabo la misión conjunta a la perfección.

Pero el espíritu de equipo no termina ahí. Para que todo sea posible hace falta la contribución esencial de cientos de personas que se afanan para que las aeronaves estén a punto. Lo que contemplamos en cada espectáculo es la punta de un iceberg de trabajo que culmina en las condiciones óptimas para exhibirlo. Son los equipos logísticos, de control y de mantenimiento de aeronaves corresponsables del triunfo. Hay mucho en juego. Y lo saben. Nadie puede fallar y claro está, nadie lo hace. Porque detrás de cada uno está el otro, Ese “otro” con el que necesariamente contamos para “Mentor” era un héroe griego consejero del Telémaco, hijo de Ulises y nombre también de un legendario avión e enseñanza en la Academia que todo esté listo y garantice la solidez del conjunto. Con esto evitaremos la desbandada, el fantasma del pánico, la confluencia de torpezas, descuidos y distracciones, la ruptura del orden, la amenazante derrota.

Nuestra formación de pilotos de combate nos graba a fuego esa consigna en la mente.  Sólo la simbiosis de actitud, profesionalidad y calidad del trabajo de cada cual, siembra la semilla del éxito.

En la fuerza aérea no dejamos lugar para confiar en la suerte. A los pilotos de combate sólo nos resulta imprescindible la fe en el trabajo, la dedicación, y el saber hacer con ansia de perfección de un equipo sin fallos al que cuidamos y protegemos  como al mayor tesoro.

En el mito platónico del “carro alado” algunos no consiguen dominar la fuerza contradictoria de sus caballos (la voluntad y el deseo). No vislumbran, no prevén, no se adaptan, ni fluyen: peligran. Si por ello aminoran velocidad, debilitan el pulso de su mando y se oscurece la claridad del rumbo, quiebran sus alas y se precipitan a tierra. Perder el equilibrio y la hermandad en la navegación les separará de los otros y romperá su formación. El esfuerzo conjunto naufragará en una triste barrena de fracaso. Cada vez que algo así ocurre nos recuerda nuestra humanidad y mortalidad y la imperiosa necesidad de hacer las cosas siempre mejor. Aunque glorifiquemos a nuestros caídos, debemos seguir aprendiendo.

En las palabras célebres de Gene Kranz, el director de vuelo del programa Apolo en la crisis de la travesía del Apolo XIII hacia la luna, se condensa el espíritu de los celestes y el antídoto contra la derrota:

Nunca hemos perdido a una tripulación en el espacio y no va a suceder bajo mi mando. Traeremos a esos chicos a casa: el fracaso no es una opción”

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Ese fue el espíritu del proyecto Apolo en su conjunto y eso hizo que en su día una aeronave llamada “Águila” se posara suavemente sobre la luna guiada por pilotos de combate.

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